
Relatos
Curso 2006/2007
El sentido de la Nada
Por: Pedro T.Izquierdo Rodriguez alumno de 4ºB Había nacido para perseguir historias, como otros nacen para perseguir el dinero o las mujeres.
Desgraciadas o cómicas, tiernas o patéticas; casi siempre pobres, con esa pobreza que él veía en la vida
de los campesinos, en los horrores de la inútil guerra, en la hormigueante lucha de la gran ciudad,
en el vicio amoroso... sentía piedad por aquellos seres, sentía piedad por el hombre que ante él desplegaba
la breve representación de su tragicomedia, pero esa piedad no encubría el desencanto y la amargura.
Ricos y pobres, agradables y desagradables, todos le ofrecían el mismo espectáculo de descomposición y de miseria;
más la narración de aquel espectáculo era la fuerza que le impulsaba a vivir; el relato era la justificación de su
vida, el logro del fin para el que sin duda, había nacido.
Caminaría al azar una tarde de verano, una de esas tardes doradas que le llevaban hasta su niñez,
a la dulzura de una naturaleza perdida y de unas perdidas ilusiones. Quedaba a su espalda la gran ciudad y,
pasado el puesto de los guardias, caminaba por un campo salpicado de villas y casitas solitarias.
Por aquella carretera, al amanecer, marchaban las carretas rechinantes, arrastradas por los gruesos caballos
de su tierra, que llevaban la verdura del campo a los mercados de Murcia. Ahora, en aquella hora próxima al ocaso,
la carretera estaba solitaria y, en el dorado esplendor, el tiempo parecía suspendido, inmovilizado como en los sueños.
Rompieron aquella inquietud e inmovilidad el sonido lejano de las punzantes campanadas que, rondando en el aire
calmo llegaban hasta él envolviéndose en una vaga e imprecisa melancolía. Había andado uno veinte minutos desde
que cruzó el puesto de los guardias, cuando tropezó con la casa.
Se hallaba en el centro de un hermoso jardín que la aislaba de los caminos de alrededor.
Una larga avenida de flores formaba un sendero que conducía hasta el pabellón situado al otro extremo y apenas visible,
pues toda la finca estaba rodeada por un alto muro. Era un lugar aislado una fortaleza para defender la soledad.
Aquella casa, pensó, debía ser el refugio de algún ser solitario, un hombre melancólico y sombrío.
De vuelta a Murcia, ya de anochecido, mientras desandaba el kilómetro que separaba la casa del puesto de los guardias,
comenzaría a germinar en su mente el embrión de una historia.
De pronto, como un disparo a bocajarro, le golpeó la solución del enigma. Aquella casa solitaria,
sumergida en la profundidad del amplio parque, cercada por un muro alto, lejos de la gran ciudad, aislada,
separada del mundo, no podía ser otra cosa que la prisión de aquellos a quienes el mundo aparta de sí con un culpable
estremecimiento de terror; el lugar de la locura.
Volvió, volvió muchas veces. Como impulsado por una fuerza superior a su voluntad,
a su razón descontrolada por el horror imaginario entre los muros de la casa solitaria,
insensiblemente sus pasos le llevaban a la carretera que atravesaba el amable campo salpicado de villas
y casitas solitarias.
Una tarde oscura hacía su paseo, sumergido en el camino, cuando le sorprendió ver un hombre dirigiéndose
por delante de él hacia la casa; al llegar abrió la verja y entró: no había duda de que él era el dueño de la casa.
Viajó, viajó durante mucho tiempo. Estuvo en Oslo, Copenhague, Estocolmo, Berlín…
La noche antes de la vuelta a casa tuvo una cena muy copiosa con unos nuevos amigos de Amsterdam;
después de agotar los temas políticos, surgió una nueva conversación: cosas enigmáticas,
espíritus malignos, casos sin resolver. Uno de sus amigos le contó una historia, que bien podría ser una
de las historias más significativas con respecto a "la casa del hombre solitario".
Decía así: Era el último miembro de una aristocrática familia, y, después de permanecer largo tiempo en el extranjero,
vino a España para hacerse cargo del patrimonio familiar. Arregló el caserón de sus antepasados y,
sin otra compañía que la de un viejo criado, tuvo la idea de instalarse en él.
Pues bien, la primera noche que durmió en aquel antiguo palacio, se despertó sobresaltado, bajo la impresión de una terrible angustia.
Él era un hombre tranquilo y sereno, de fácil sueño, poco propicio a terrores y pesadillas.
Por eso, cuando las dos consiguientes noches volvió a despertarse con la misma sensación, decidió acudir a un médico.
Le recetó unos calmantes que no surgieron efecto. Más intrigado que alarmado, recurrió a un amigo suyo psicoanalista.
Este le aconsejó viajar durante unas semanas. En el viaje se esfumó aquella sensación de terror que le hacía despertar
angustiado. Pero nada más volver a su casa, el terror nocturno reapareció: aquel terror estaba ligado a la casa.
Y concretamente a la habitación en que dormía. Porque cuando cambió de dormitorio, la angustia cesó.
Pero mi amigo era valiente y estaba dispuesto a descubrir el misterio. Así que, de acuerdo con el psicoanalista,
decidió seguir durmiendo en aquel cuarto, pero retirando cada vez un objeto. Cambió la cama y fue sacando diversos
muebles y objetos sin resultado. Hasta que , al fin, un día retiró un Cristo Barroco que colgaba de la pared.
A partir de entonces, la angustia y los terrores desaparecieron.
Mi amigo era un obstinado y le siguió la pista. Su padre lo había comprado en un anticuario, quien,
a su vez lo adquirió en la subasta de los bienes de una familia venida a menos, enriquecida durante la Primera Guerra
Mundial. Procedía de un Monasterio Dominico. Visitó el monasterio, y afortunadamente pudo encontrarle catalogado.
El crucifijo era una pieza del siglo XVI y su primer destino había sido presidir la sala del Tribunal de la Santa Inquisición
de Sevilla.
Mi amigo sabía que allá, en el siglo XVI, un antepasado suyo que llevaba su mismo nombre había comparecido
ante el Santo Tribunal, precisamente en los días que aquel Cristo presidía la sala. Tachado de luteranismo, fue condenado
a la hoguera. Mi amigo continuó indagando. Supo que existía en los sótanos del museo cierto retrato de autor desconocido
que se consideraba correspondía al desgraciado antepasado. Pidió permiso para visitar aquella sala cerrada al público
y vio el retrato. Con aterrorizado asombro pudo comprobar que aquel descolorido retrato reproducía su propia imagen.
En el viaje de vuelta a casa paró un día en su ciudad natal: Lorca. Sintió un estremecimiento su corazón cuando volvió
a ver la Iglesia donde fue monaguillo, habló con antiguos amigos y vecinos…
Dando una vuelta por el casco antiguo le llamó la atención un anticuario. Entró y, mientras daba los buenos
días al dependiente, observaba las maravillas de aquel antro: camas, armarios, espejos, (asemejando estos con antiguas
historias e ilusiones, como la casa y el hombre solitario).
Daría vueltas a estos pensamientos, buscando un final para aquella historia, mientras,
para justificar su permanencia en el local, preguntaba el precio de cualquier cachivache, cuando el chirriar de
la puerta al abrirse le hizo volver la cabeza. En el umbral, bañado en el recuadro de la luz, estaba el hombre,
el joven anciano, el habitante de la casa solitaria. Petrificado miraba los muebles, sus muebles,
con una expresión de supremo horror. Unos segundos antes de que huyese despavorido pudo aún ver cómo aquellos
ojos azul-blanquecinos se incendiaban con la trágica y terrible luz de la locura.