
Relatos
Curso 2006/2007
Mi sueño
Por: Lye Jade Ottone Astudillo, alumna de 4ºC (Dedicado a mi hermanita Kiran y a mi niño David. Gracias por todo)Es extraño pensar que pasan cosas inauditas... Uno piensa que esas historias son puras leyendas y fantasías; pero realmente existen. Después de lo que me ocurrió aproveché mi talento al máximo porque desde ese día miré mi vida desde otro punto de vista. Pensé oportuno no contarle esto a nadie, pero ya ves en la situación en la que estoy.
Ya ha pasado tanto tiempo desde aquello, y me da miedo todavía... Pienso que pasó ayer. Todo empezó un día normal en clase de tutoría, yo contaba con 17 años recién cumplidos. Ese día había mucho alboroto en mi clase. Cuando por fin nuestro tutor puso orden, se dispuso a informarnos sobre la esperada excursión al extranjero. En ese momento todos nos quedamos callados; como mudos, para escuchar las condiciones de la excursión. Dividió la clase en cuatro partes, saliendo grupos de cinco. El viaje era hacia Lilehammer, un famoso pueblo de Noruega que, según había escuchado, era tan maravilloso que de tan solo escuchar su nombre me sentía en la gloria. Lo que más resaltaba de ese lugar eran dos cosas: El parque Fammilie Park, que era una especie de parque para pasar el día entero con tu familia o amigos, que era donde viajábamos principalmente; y por otro lado, lo misterioso y oculto, lo maravilloso y entrañable, lo que no se veía pero que tú sabías que estaba ahí presente, en Lilehammer.
El grupo en el que yo estaba, dos chicas y tres chicos, era el primero en viajar. Pasaban y pasaban los días, y por la ansiedad y la emoción contábamos las horas y hasta los minutos y los segundos para que llegara el día del esperado viaje. Todos teníamos diecisiete años. Imagínate el entusiasmo por viajar la primera vez y, además, a un país de cultura y costumbres diferentes que España.
Al llegar el día del viaje todos quedamos en el aeropuerto a las cinco de la madrugada. Nadie llegó tarde, excepto mi compañera Laya que llegó un poco atrasada, pero no importaba mucho porque el vuelo salía a las siete y nos daba tiempo de sobra para facturar con bastante antelación. En esos diez o quince minutos, que se hicieron eternos hasta que llegó Laya, mis compañeros y yo hablamos un poco de lo emocionados que estábamos.
Raúl, que mucho no me hablaba, decía que el viaje era una pérdida de tiempo, porque al final a todos les llegaba su hora por una cosa o por otra. Yo puse una cara tan grotesca al escuchar este comentario que Miguel, el más gracioso de nuestro grupo, me dijo que nunca me había visto tan horrorosa. Y me dio por pensar lo peor. Desde ese instante empecé a sentir lo que nos esperaba. Le intenté preguntar más acerca del comentario tan fuera de lugar, pero a cambio conseguí una mirada tan profunda que me dio aún más sospecha todavía y me quedé callada pensando, hasta que Jorge me preguntó que si habían deberes para cuando volviéramos del viaje. Con esa pregunta me espabilé, ¿A quién se le ocurre preguntar semejante tontería? Yo le dije que por supuesto que sí, con sarcasmo, claro. Ese chico no podía dormir si no pasaba un día sin estudiar o hacer deberes.
Por fin llegó Laya, que se disculpó por el retraso y, después de facturar, entramos en el avión transcurridos treinta minutos o menos, ya no me acuerdo muy bien. Entramos junto con los demás pasajeros y el viaje se nos hizo bastante corto. A mí me tocó en el asiento del medio con Laya mirando hacia la ventana, y mis otros tres compañeros en los asientos de delante, ya no recuerdo en el orden en que estaban ellos.
Otra persona que me creó preocupación, fue la señora que se sentaba a mi lado. Tenía aspecto bastante cuidado y unos ojos azules tan claros que al mirar te hacía estremecer. Se hacía llamar Marianella. Parecía italiana por el acento. Nos contó a Laya y a mí que de pequeña había ido a Lilehammer y que se había divertido tanto, según ella, que lo recordaba todo detalladamente, cada rasgo, cada característica. Pero, sin embargo, cada vez que me miraba a los ojos reflejaba lo contrario y eso me daba escalofríos. La expresión de su cara nunca se me va a olvidar, era tan... absorbente, tan escalofriante. Su anécdota no era nada convincente.
El avión llegaba a Oslo, la capital de Noruega, de donde tendríamos que coger un autobús hasta Lilehammer. Cuando nos dirigíamos al hotel admiramos un montón de paisajes y montañas que nunca habíamos visto en nuestro país. Nos divertimos muchísimo en el autobús, tanto que yo creo que fue el mejor día de mi vida. Sacamos muchísimas fotos, hasta vimos unos alces que, con su mirada penetrante, parecía que nos saludaban. Todo era tan perfecto, tan asombroso.
Pero de repente, todo mi mundo se paró. Nos topamos con uno de esos alces tan
misteriosos, y al intentar esquivarlos el autobús se cayó por un barranco hacia abajo, no
teníamos los cinturones de seguridad puestos. Todos murieron en el acto y ningún coche se para
a ayudarme. Todavía estoy buscando mi botiquín de primeros auxilios para curar la herida de mi
pierna, es enorme y todavía no se me ha cerrado ni se me ha infectado. No sé cuánto tiempo ha
pasado, pero me gustaría salir de aquí y volver a mi casa, parece todo como un sueño del que no
puedo despertar, aunque lo intento desesperadamente cada maldito día.